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Autor Tema: Sobre un acordeonista de Fuenterrabia y brujas  (Leído 605 veces)
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Joxan
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Mensajes: 194



« en: Enero 03, 2010, 01:09:23 »

Primer post del año. Aprovecho para felicitaros y desearos un saludable 2010.




Estos días huelen a regalo. A mí me han hecho uno curioso.
Llegaba mi amigo Juan Mari Beltrán a la oficina con cara de haber encontrado algo curioso y con cara de decir: "ésto te gustará!"
Y en efecto, sacó la copia de un libro que había encontrado en la biblioteca de Calahorra. Conozco muy bien esa expresión de su cara, la he visto numerosas veces cuando le he acompañado a rastros, mercadillos, tiendas o museos a la búsqueda de pequeños tesoros perdidos que esperan ser descubiertos por especímenes como nosotros que generalmente no saben muy bien lo que buscan pero que cuando lo encuentran experimentan una satisfacción inexplicable.



El libro en cuestión se titula "EL CAMINO DE SANTIAGO - Las peregrinaciones al sepulcro del Apostol".
Se trata de una traducción de Amando Lázaro Ros del libro de Walter Starkie (The road to Santiago - Pilgrims of St. James) y fue publicado en 1958 por la editorial Aguilar, época en la que el autor realizó la ruta Xacobea y en la que relata sus vivencias y andanzas. 




En un estilo peculiar supone una curiosa crónica de la época en los ojos de este ilustrado hispanista irlandés siempre acompañado por su inseparable violín, del que se puede ahondar un poco más en Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Walter_Starkie




Bueno y qué había de curioso en tal libro? Pues nada, un pequeño pasaje sobre aquel viaje en el que el Sr. Starkie se desvía de su ruta para venir de Pamplona a Fuenterrabia y encontrarse, como no, con una fiesta euskaldún en la que aparecen acordeonistas, bertsolaris, brujas, akelarres y alguna que otra curiosa melodía...
 
He pensando en transcribir una parte de ese capítulo. Ahí va. Si alguien reconoce al joven acordeonista de Hondarribi, me lo haga saber. Me hará ilusión acabar de descifrar el pequeño tesoro... :-)


LAS BRUJAS VASCAS

"...En cuanto mis amigos vascos supieron que yo estaba de paso en Pamplona, hicieron todo lo posible para apartarme del camino recto a Santiago. “Retrocede, Satanás”, me dije cuando llegaron, uno tras otro, mensajes de San Sebastián, Zumaya, Azpeitia y Zumárraga. Otros, más sutiles en su tentación me instaban a que abandonase la ruta de Aymery Picaud y siguiese la ruta santiaguista de Irún, Hernani, Villabona, Tolosa, Villafranca, Zalduendo, Salvatierra, Vitoria, Miranda de Ebro, Pancorbo, Briviesca, etc… hasta Burgos. Yo había seguido ese camino en distintas ocasiones y es el mismo que siguió Manier, el campesino de Picardía, el año 1726, que se quedó arrobado ante la belleza de las muchachas y de las señoras de Irún, con sus trenzas alargadas, sus corpiños de azul y rojo, y sus rostros delicados y bondadosos. No sabía qué hacer, pero un cariñoso mensaje telefónico de mi compadre don Tomás Alfaro, de Fuenterrabía, disipó todas mis dudas, y de algunas horas después me ví en su auto, haciendo el camino desde Pamplona a la frontera, rumbo a Fuenterrabia.





Mi corta visita a Fuenterrabia coincidió con una reunión característicamente vasca de juglares que daba un granjero y amigo de mi huesped don Tomás, que vivía en una antigua casa de campo de las laderas del monte Jaizquibel.
El cielo estaba de tormente y de cuando en cuando estallaba el brillo de los relámpagos. El alcalde de Fuenterrabia, que estaba junto a mí, me dijo que la tristeza acuciante del panorama de la montaña había sido probablemente la causa de que la cuesta de junto al arroyo de Santa Bárbara hubiese sido el escenario del aquelarre o sábado de las brujas, de siglos atrás, que trajo  como consecuencia el proceso de 1530, cuyos documentos se conservan en los archivos de Fuenterrabia.

Surgieron en mi memoria los recuerdos del folklorista vasco don Resurrección de Azkue, pero los interrumpió la llegada de los músicos. Eran éstos un acordeonista y un saxofonista. El acordeonista –joven de aspecto romántico, con perfil de Alfred de Musset- era cantante e instrumentista, y no tardó en levantar los ánimos de la concurrencia con su repertorio de las últimas piezas de music-hall y de jazz, que interrumpió con anécdotas humorísticas de contrabando y de estraperlo; ocasionalmente cantaban canciones vascas coleccionadas por el más grande de los compositores vascos, el padre Donostia, capuchino, que vive en el colegio de Lecaroz. La alegría de la concurrencia se hizo ruidosa cuando el saxofonista, dueño de una técnica por demás extraña, empezó una divertidísima serie de retorcimientos de música clásica célebre y de tomadas populares, tarea para la cual era admirablemente apropiado el burlón e impertinente instrumento.





Al principio de la fiesta hubo cierta cantidad de formalismos, como es cosa corriente entre los vascos, porque la concurrencia incluía a un buen número de pescadores, los que, por regla general, se atienen a su propia fraternidad cuando beben en la taberna de los pescadores llamada Arrinchalé (el rincón del pescador). Estaban allí mi viejo amigo el gordo y simpático hércules Bernardo, cuyas historias de tiburones y de ballenas eran dignas de Moby Dick, y el seco Juanito, que dió muestras de su humor burlón, siempre a expensas del tardo de pensamiento Bernardo. Ambos se dirigían constantemente bromas el uno al otro, siendo la diversión de los demás pescadores. Los campesinos formaban contraste con ellos, porque eran hombre cortos de palabras –cortos de palabras, de obras largos-, según me decía donTomás, refiriéndose a ellos. Sentíanse inclinados a permanecer taciturnos, pero cuando se iniciaron las canciones vascas, se agregaron con mucho gusto a los coros, y nuestro huésped, el viejo Florencio Jáuregui, los animaba, dominándolo todo con su voz resonante. Después de mucha música de parte del acordeón y del saxófono, un joven bertsulari o poeta improvisó versos en honor mío y cantó canciones de cuna, en vasco. La trágica expresión de su cara agregó a cada una de las canciones que cantó una nueva expresión. Yo me dije que aquel hombre pertenecía al tipo nómada, viendo cómo dramatizaba su canción. Tenía un extraño poder para cambiar súbitamente la expresión de su cara de melancólica en alegre, con una alegría salvaje e irreprimida, y cuando estaba de ese humor lanzaba cualquier pensamiento que s ele ocurría, por loco que fuese. Cuando me tocó a mí el turno de actuar, conté a los circunstantes historias de vampiros, porque me sentía a la sombra del aquelarre, pero me acordé de la canción que cantaban los niños vascos cuando corrían de casa de labranza en casa de labranza encendiendo hogueras para asustar a las brujas.








La canción debió de ser mágica, porque despertó al duende que dormía en los concurrentes, y empezaron todos a dar con el pie y a cantar versos en vasco, y asý que yo acabé, el acordeón y el saxófono cogieron el canto, y todos se pusieron al instante a bailar y a gritar “Ujú”. Después del baile, los invitados contaron por turno anécdotas e historias del mal de ojo y de sistemas extraños de curas, adoptados por los curanderos y los brujos de las aldeas. Cuando le llegó la vez al vasco nómada, tomó éste un completo dominio sobre la concurrencia. En las primeras etapas de la fiesta me había fijado yo únicamente en el gran contraste que había entre pescadores, alegres y despreocupados, y los hombres del campo, tristes y precavidos; pero ahora monopolizó mi atención el melancólico bertsulari y sus compañeros, que eran una verdadera mina de costumbres y supersticiones extrañas.




Estaba con él un hombre solitario de ojos exaltados, que tomó parte con mucho entusiasmo en las canciones vascas y que bailó un pas seul cuando yo ejecuté mi danza de las brujas. Cuando toqué la canción de exorcismos de San Juan,



empezó a dispararme una serie rápida de preguntas, pero él mismo se contestaba con una voz llena de sacudidas, y empezó a dar cabriolas y saltar por encima de un fuego imaginario…"





« Última modificación: Marzo 13, 2010, 10:51:26 por Joxan » En línea
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